Un ratito más

Como de costumbre, estaba enfrente de mi ordenador viendo una serie, con mi gato, un té y la clara convicción de que al ponerla en versión original, podría ser hasta productivo gastar unas horas sentada en el sofá -todo sea por mejorar mi inglés. Cuando escuché una canción de fondo que decía: ‘keep me in your heart for awhile”.

Me acordé de ti, te eché un poquito de menos, como de costumbre. Porque, bueno, sigues siendo tú. El no-amor de mi vida. Y sigo aquí. No sé hasta cuando. Dejándote marchar.
Por un momento, pensé que me habría gustado decirte exactamente esa frase la última vez que nos vimos:

”Just keep me in your heart for awhile”. Y es que, ahora que sé que no estaré siempre en tu corazón, déjame quedarme un rato más en él. Un ratito más. Y alárgalo todo lo que puedas. Que no es fácil decir adiós a un hogar.

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Es la magia que tienen estás cosas. Personas desconocidas que con un puñado de palabras, notas o acordes consiguen colarse entre tus muros. Es tan genial.  Ya sabes, la música.
Así que, no te preocupes, estaré bien.  Seguirás apareciendo por ahí, entre frases domingos, cervezas o acordes. Y te echaré un poquito de menos. Pero, al final del día,  siempre me quedará la música.

Una y otra vez

Hoy quería dedicar esta entrada al trabajo duro. Pero al trabajo duro que sale del corazón. El de superarse una y otra vez. El del camino difícil, ese que a veces cambia de rumbo para volver a encontrarse. Por el que te das la oportunidad de hablar de tus sueños como si fueran realidades.
El trabajo duro que, a la vez, es el más fácil de todos. Porque lo único que necesita es corazón. Mucho corazón.

Claro que también hay días en los que la vida parece gritarte que dejes de intentarlo. A veces, das pasos hacia atrás, te quedas parado, o la confianza aprende a jugar al escondite.
Pero entonces algo ocurre. Algo dentro de ti consigue que des un paso más. Y después de este, otro y luego, otro.
Porque una y otra vez, te das cuenta de que vale la pena -que solo hace falta mucho corazón.

 

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Dame la mano, corazón

Querido corazón roto,

Deja de aguantar la respiración. Ya ha acabado. No hay porqué seguir teniendo miedo. Podemos volver a vivir. Aunque no sepas de donde sacar las fuerzas ni cómo reunir tus pedazos. Respira. Estas menos vacío de lo que parece.
Levántate, porque se ha ido y no va a mirar atrás.
Solo vuelve a respirar.

Sé que cada dos pasos adelante, das tres hacia atrás, y que a veces, parece que andas en círculos. Pero tienes tiempo, y ninguna dirección a seguir.
Sé que quieres dejar de sentir. Pero no eres así. Sientes, sientes sin reservas.

Por eso, empieza a ser objetivo cuando solo mandes lágrimas a mis mejillas. Mira a los recuerdos directamente a los ojos.
No te quiere. Y nunca estaremos seguros de si alguna vez lo hizo. Ni sabremos si terminó por nuestra culpa, o por la suya, o si ya estaba todo escrito.
No te ha tratado como mereces. En muchas ocasiones. Y aunque sepas perdonar demasiado bien, aún no lo hagas. Necesitas volver a quererte a ti mismo antes de poder quererle de otra manera a él. Le hemos dado demasiado de nosotros mismos, como para tratar de comprenderle sin más.
Respira con calma, que ya no hay nada que demostrar.

Te prometo que algún día podremos sonreír a los buenos recuerdos y aceptar los malos. Sin que nos asfixien.
Pero ahora, toca mirarlos directamente a los ojos, dejando la inocencia y las excusas a un lado. Sabiendo que de tanto intentar evitar lo inevitable, llegó todavía más pronto y con más fuerza. Sí, hubo más fallos de los que nos gustaría reconocer. Y mentiras. Muchas mentiras. Más o menos convincentes. A nosotros mismos. A él.

Así que, vamos a dejar de tirar de ellas, que desaparezcan. Y en los momentos que podamos arrinconar un rato el dolor. Aquellos en los que los recuerdos no griten demasiado. Saquemos al león que llevamos dentro. Ese que tú y yo conocemos.
Y dejémosle rugir hasta que se quede sin aliento.
Porque todavía tenemos mucho que decir y mucha guerra que dar.
Porque, para bien o para mal, esto solo es una página más, tal vez con algunas partes en negrita, de un libro que no va ni por la mitad.
Que nuestras metas siguen ahí, y no se van a quedar esperando a que vayamos a por ellas. Merecemos conseguirlas, no lo olvides. Por mucho que sin él a nuestro lado parezcan aún más inalcanzables. No lo son. Tenemos un león dentro, recuérdalo.

Solo vuelve a respirar.

 

 

Fresas y cervezas, amor

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A veces me sorprendo a mí misma arrastrando los pasos, forzando sonrisas o convirtiendo en grises los días más soleados. Mirando pasar los días con mis gafas de persona triste.
Será porque tengo los restos de tu amor acomodados en mi piel.
Un amor que solo queda acabar con palabras. De esos que forman parte de ti mucho tiempo después de haberse terminado. De los que se hacen de rogar antes de irse.

Me refiero al amor que empezamos a tener, y al que tú, decidiste dar de lado. Que no tiene nada que ver con nuestra historia de ahora, o lo que queda de ella. Que este hueco que noto en algún lado de mi corazón, es por quienes éramos antes.
Que tu manera de separarte a poquitos de mí prefiero dejarla aparte.
Más que nada porque sino, me darán ganas de coger mis nuevas gafas de persona triste y estampártelas en la cara. Para que mires a través de ellas y me digas una vez más, el porqué de tirar y pisotear algo tan bonito. Y no me valen más excusas vacías, más razones escondidas en tus miedos. Porque el amor es siempre algo bueno, y en el fondo, lo sabes, o eso espero.
Coge las gafas y quédatelas, porque yo solo quiero volver a quererme otra vez. Quererme más que a ti. Más que a las personas que éramos.
Coge los restos de este amor -que pudo ser grande- y llévatelos lejos, muy lejos. Que quiero que dejen de calar en mí.

Vete y haz que no duela más. Porque llega mi querida primavera y no quiero teñirla de tu adiós, sino de un montón de nuevos comienzos. De esos que reviven sueños y corazones.
Que llega el sol, por fin, y espero que con él, mis ganas de quererme otra vez.

Y recuerda: el amor, nunca está de más.

 

Cómo dueles

De repente lo que fuera que sentías por mí, se empezó a disipar. Rápidamente y sin remedio. Y el dolor se coló en cada minuto de mis días, sabiendo que solo es cuestión de tiempo que me digas el adiós que ya ha pronunciado tu corazón.

Dime, ¿qué hago yo ahora con todo este amor?

Dime qué hago ahora cuando dueles de esta manera.
Cada vez que me demuestras que ya nada va a ser como antes. Cuando me besas y ya no sabes igual. Cuando dejas que solo haya silencio entre nosotros. Cuando a pesar de todo, sigo esperando que te des cuenta de que sigo siendo la misma de hace unas semanas, sin la que no podías estar más de unos días.
Te echo tanto de menos, que no sé qué será de mi corazón cuando te vayas.

Sé que aunque yo sienta que el mundo se para, en realidad todo seguirá su curso, y yo tendré que seguirlo, automatizando mis pasos.
Los minutos pasarán, por mucho que pesen, hasta que ya no lo hagan. Seguramente, tarde o temprano, conoceré a alguien que me hará entender porqué no eras para mí. Y mi mundo volverá a girar. Porque la vida es así.

Pero ahora mismo, con todo este amor derramándose por mis ojos, solo quiero que te quedes aquí conmigo.
Solo eso.

 

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All we are, we are

Por fin me levanto cada mañana sabiendo el porqué. Sin tener que preguntármelo. Un porqué que encontré cuando te conocí. Un porqué que siempre había estado ahí.

Sin embargo, no es fácil aceptar que lo que uno realmente quiere en la vida no tiene nada que ver con el camino que te habían marcado. Porque significa luchar contra viento y marea.
Significa que tu camino va a estar plagado de caras escépticas y, algunas, decepcionadas. Significa que vas a tener que creer en ti mismo incluso cuando las personas que más quieres no lo hagan.
Y, sobre todo, significa que te vas a levantar cada mañana sabiendo el porqué. Sin tener que preguntártelo.

Es curioso cómo la fuerza llegó sola cuando ví que tú ya habías decidido ir a por todas. Cuando encontré a una persona luchando contra todo pronóstico, pero viviendo de verdad. Viviendo el doble que aquellos que eligen conformarse.
Y claro, me enamoré. Cómo no me iba a enamorar.

Y ahora que vas alejándote poco a poco, noto como esa fuerza se va contigo. En parte por todo lo que he callado. En parte, por estar esperándote, dándolo todo y dejándome sin nada, viendo como no te has parado a valorarlo.  Creía que esperarte era la mejor opción, que eso era querer a alguien, que a veces tocaba luchar. Pero no vale la pena luchar por quien no lucha por ti. Y no, no pienso volver a perderme a mi misma. Me quedaré aquí, rompiéndome en pedacitos, llorándolo todo. Llorando los momentos inolvidables y los que nunca podremos compartir. Lloraré y aun cuando me levante y note como se me encoge el corazón, no olvidaré que ya, por fin, he encontrado mi camino. Y qué bien se vive en él. Y cuánto te voy a echar de menos.

Y sí, aquí sigo y seguiré, luchando contra viento y marea.

 

San Amor del Bueno

Hoy es un día para celebrar el amor. Pero el amor del bueno. Del que parece escasear. Ese que cuida y abraza.
No es un amor fácil de romper. No teme las tormentas o los cambios en la marea. No cuenta los pasos ni entiende de preparaciones o tiempos muertos. Entiende de bailes sin sentido en mitad de la calle a las 4 de la madrugada y canciones a pleno pulmón en un coche. Es de esos que acompaña cuando hace falta, sin pedirlo. Que nunca está de más. Que también deja que seamos fuera de él.
Puede que más de una vez lo equivoquemos, que le demos el nombre de ‘amor’ a algo que no lo merece. Aunque en el fondo todos sabemos reconocerlo. Lo que ocurre que engañarnos duele menos por un tiempo, ¿no? Un tiempo que no sabría decir si vale o no la pena. Seguramente no. Pero a ver quien es el valiente que cierra esa puerta sin haberlo intentado.
Por eso, venía a recordaros que hoy, -y ojalá todos los demás días- es un día solo, solo y solo, pese a quien le pese, para el amor del bueno. Del de verdad.

Espero que a todos os llegue tarde o temprano y que dure tanto como tenga que durar. Es difícil no conformarse con menos, pero espero que encontréis la fuerza necesaria para hacerlo.
Desde mi pequeño blog, os mando un poquito de amor.
No dejéis de abrazar, a todas horas, a todo el mundo que podáis. Porque, ¿quién no necesita un abrazo?

Amad, amad de verdad, con amor del bueno.

Sin sentido, si me permitís.

Temía este momento desde el primer día que quedamos. Ese en el que empecé a cogerle el gusto a la cerveza y a la noche madrileña. Ese día que empecé a vivir. A vivir de verdad. No sé, a tu lado ser fuerte no parecía tan difícil.
Sabía que apoyarme en algo pasajero no era más que jugar con fuego. Un fuego precioso. Y que quemarse duele más de lo que dicen, sobre todo si se trata del corazón. Pero, dime, ¿qué hacer si te quitan el aire y a la vez te devuelven las ganas de respirarlo?

Temía este momento desde que nos descubrí hechos medida. Tú eras tan yo y yo tan tú. Tan de hablar de música a todas horas, tan de reírnos de cosas sin gracia para el resto de la gente. Tan de ser nosotros mismos. Que necesitaba más, necesitaba seguir viviendo como siempre había querido sin saberlo.
Vivir y esperar. Esperar y desear poder revivirlo todo una vez hubiera terminado; volverte a ver por primera vez, sin sospechar la huella que dejarías en mí; besarte sabiendo que volvería a hacerlo; hacerte reír y memorizar el sonido de tu risa.

Se acerca el momento, corazón.
Ya no vas a tener nada que temer ni nada que esperar.
Ya no vas a saber respirar.

 

 

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Y qué guapo estás

Nueve de la mañana de un soleado domingo de enero, no por ello menos empapado del particular frío madrileño. Unos cuantos elefantes danzan en mi tripa, gracias a esa última copa de anoche, o tal vez por la anterior, o la anterior de la anterior.
Rodeada de bolsas de deporte, distingo voces de padres sufriendo animando a sus hijos, en el campo de al lado. Frente a mí, con jugadores bastante más creciditos, intento seguir un partido supuestamente amistoso (que ni premio ni nada, pero ojo que hay que darlo todo).
Y qué guapo estás.

De vez en cuando, alguien viene a descansar (como muchísimo dos minutos) al banquillo y no falta el comentario de: ”sí que tienes que querer a tu novio para estar aquí a estas horas”.
Puede que tengas razón. Pero no, no es mi novio. Es decir, nos vemos casi todos los días y conozco a la mayoría de sus amigos; intento cogerle el gusto al heavy que suena siempre en su coche y sé que no puede evitar llegar mínimo veinte minutos tarde. Además tiene una sonrisa casi tan bonita como su corazón, y es capaz de encontrarle la gracia hasta a la voz del doblador del chef Ramsay (y que te haga gracia a ti también).
Pero no, no somos novios.

Eso sí, estoy a las nueve de la mañana de un domingo aquí sentada, notando como el frío cala mis calcetines, mi garganta pide a gritos un ibuprofeno e intentando olvidar mi propensión a atraer las pelotas hacia mi cabeza. Y no me gustaría estar en ningún otro lugar.
Porque de vez en cuando, viene alguien y me recuerda que estoy aquí por ti. Por tu sonrisa. Por conseguir que me aprenda una canción de heavy. Por saludarte imitando al chef Ramsay. Por ese beso madrugador, y aquel de despedida, que no es más que un hasta luego.

Termina el partido. Habéis perdido. Vaya, ¿y qué se supone que tengo que decir? El fútbol y yo nunca nos hemos llevado bien.
Coges tu bolsa sin decir nada y te vas a los vestuarios. No es el momento de intentar darte ánimos. Al rato, llego haciendo el tonto (para variar) con uno de tus amigos y tu primo, intentado guiar la pelota hasta la puerta.
Me miras. Te digo que has jugado bien. Sonríes.
Y no me gustaría estar en ningún otro lugar.

 

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Don’t you cry tonight, there’s a heaven above you

Me encuentro en una carrera de fondo, cuya meta no es más que un hondo precipicio.
Y lo mejor y lo peor de todo, es que no me lo merezco; ya es hora de que me dé cuenta.
He ido dando tumbos, perdiéndome aquí y allá. Dejándome ajustar, cincelar.Arreglar.
Arreglar.
Lo poético de estar roto por dentro y por fuera, de romperse y recomponerse. Pero no es así. No hay nada que arreglar.

Somos grandes personas. Solo personas. Rebosamos defectos y mejorarlos o no, es una elección que no deberíamos dejar en manos de quien no vive cada día en nuestra piel.
No me arregles, quiéreme tal cual; con mis esquinas irregulares, mis cuadros torcidos, mis puzzles incompletos y sus piezas desparejadas.
No me quieras de ninguna otra manera.

Quizás sea por las veces que me he traicionado a mi misma por otra persona. Por empequeñecerme un poquito más cada vez.
Por intentar ser un ideal difuso y en constante cambio.
Por no conseguirlo.
Porque es duro ser fiel a uno mismo. Pero es lo que nos queda al final del día.
Y el final del día, siempre llega.
Debido a todo y a nada, no me quieras de ninguna otra manera. Por mucho que yo te quiera a ti.

Querido y tan querido precipicio, nunca se me han dado bien las despedidas. Soy de las que encuentra las palabras adecuadas cuando ya ha pasado la oportunidad.
Solo decirte una vez más que estoy segura de que conseguirás todo lo que te propongas y mucho más.

Te voy a echar de menos, ya lo hago.

 

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