La dernière bière

Ahí estas. Sentado en una terraza con una cerveza a medias, como si no hubiera pasado un solo día. Un solo día desde que estaba ahí, enfrente de ti, a tu lado, feliz. Y más, cuando apoyabas tu mano en mi rodilla, como si me echaras de menos aunque solo estuviéramos a unos centímetros. ¿He vuelto a sentir algo parecido desde entonces? Creo que no, y si lo he hecho, luego te he buscado para contártelo, como si todo necesitara de ti para ser. Y claro, no he logrado encontrarte.

Pero ahora estas ahí, esperando que crea que lo que tuvimos no fue más que un juego que se nos fue de las manos. O mejor dicho, que no entendí bien las reglas. Dices que debería haber prestado atención a la letra pequeña antes de firmar. Tonta de mí, que no esperaba que hubiera claúsulas en el amor. Ah no, que el amor no debía participar en este juego. Pues, sorpresa. Y qué sorpresa.

Quieres que me siente enfrente de ti, entre burbujas, amigos y risas, como si no hubiera pasado un solo día, pero olvidando tu mano en mi rodilla.
Solo alcanzo a decirte que no puedes pedirme eso, que no volveremos a ser lo que éramos, pero quitando una de sus partes. Las cosas no funcionan así. ¿Qué por qué? Porque no. Porque me miras y ya empiezo a olvidar que no te paraste ni un segundo a mirar atrás, que te diste media vuelta y simplemente, todo se esfumó. Ya podrías haberme contado cómo conseguiste que para ti no significara absolutamente nada, así a lo mejor, no estaría aquí ahora.
Sí, no estaría aquí ahora. Porque me habría quedado en mi casa, ensayando o tocando el piano o durmiendo un rato más -ya sabes, dormir me encanta, casi tanto como a ti.
En cambio, aquí me tienes, ya voy por la segunda cerveza. Hablamos de todo y de nada, mientras nuestros amigos nos miran como si lleváramos dinamita escondida, intentando adivinar quien de los dos lleva el interruptor.

Después de una hora -¿en serio? juraría que solo han pasado diez minutos- te levantas y dices que tienes que irte. Te vas. Todas las personas sentadas en la mesa piensan que estaba deseando que llegara ese momento. Pero, y no se lo digas a nadie, ni siquiera a mí misma, solo quería que pararas el maldito reloj. Porque estabas ahí, y quería que fuera verdad que no había pasado ni un solo día, desde que tu mano descansaba en mi rodilla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s